De nuestro Arzobispo
Cuando la muerte no avisa
25 de enero de 2026
Todos nos quedamos sin palabras. Las imágenes golpeaban no sólo nuestras retinas, sino sobre todo el corazón dejándonos helados ante tamaña tragedia humana, como siempre que nos sobreviene un accidente imprevisto, un atentado terrorista, una catástrofe natural o una enfermedad que, esquiva, no avisa jamás, dejándote como espectador tocado y hundido que no da crédito a lo que sucede en tan sólo unos segundos.
Sacaron billete de tren con diverso recorrido. De todas las edades, de tantas procedencias y con variados destinos. Unos venían de cumplir exitosos con unos exámenes, otros para gozar unos días en familia, también había motivos para disfrutar de un viaje placentero con amigos, o sencillamente un traslado rutinario por razones laborales. Pero ningunosubió al tren para el desenlace que cambiaría del todo la vida por imponerse cruelmente así la muerte. Nombres y rostros en una biografía imprevistamente truncada.
El galardonado escritor que en 1994 recibió el Príncipe de Asturias de las Letras, el mexicano Carlos Fuentes, tiene expresiones desgarradas ante la impostura que se percibe en una muerte traicionera que te lleva a los que más quieres, cuando quizás más los necesitabas. Son célebres sus reflexiones: “La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte”, para apostillar con una coda final ante la infinita tristezainerme: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”.
Son formas literarias, broncas y sinceras, para pedir el libro de reclamaciones cuando llega la inesperada circunstancia en la que el silencio es nuestra mejor palabra, y las lágrimas nuestro más discreto argumento, mientras nos quedamos pobres, muy pobres; pequeños, muy pequeños, ante algo que nos desborda por completo. Es la gran pregunta sobre el significado de la vida, sin que tengamos fácil la respuesta cuando la muerte nos la censura. Los que somos creyentes no estamos exentos de este inmenso dolor. Todos tenemos esa común experiencia cuando hemos afrontado el duelo ante el supremo adiós de alguien quehemos querido de veras. El dolor es común denominador de todos los mortales. Los cristianos sabemos llorar sin rompernos y callando guardamos el dolor en el alma. Es el ejemplo del mismo Jesús cuando le comunicaron la muerte de su amigo Lázaro o cuando se conmovió ante el cortejo fúnebre del hijo de la viuda de Naim.
¿Dónde estaba Dios?, se preguntan algunos queriendo imputar a ese Ser anónimo e invisible para ellos señalándolocomo chivo expiatorio de su desgarro. Y siempre podemos decir con respeto y delicadeza que Dios estaba en los que trágicamente sufren la muerte, en los que inmediatamenteponen en danza su amor entregando su tiempo, sus enseres, sus camas y despensas, su esperanza sin factura ni precio. Ahí estaba Dios: unas veces abrazado a los crucificados que así mueren y otras en la guisa de cirineo arrimando el hombro como el joven Julio con sus quince años, o dándolo todo por amor a los que quedan como con la pequeña Cristina con sus seis años nada más.
No es distinto el dolor, pero sí el modo de vivirlo. No es el llanto desesperado de quien sin fe sólo le queda el vacío que te punza o la blasfemia que no alivia el inmenso dolor de las entrañas. Lo podemos afrontar como quien sabe que duelen la vida y la muerte, pero desde la confianza que genera la Resurrección prometida por Jesús, vencedor de su muerte y de la nuestra, es un dolor esperanzado, con lágrimas que no son amargas que, aunque duelan, no nos destruyen. La vida es un viaje que no termina en la muerte, sino que nos adentra en esa patria para la que nacimos y en la que eternamente viviremos con Dios y los que aquí hemos querido tanto. Descansen en paz.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
¿Quién es mi prójimo? Una historia cristiana
Una vez más se ha publicado el informe Foessa que realiza Cáritas española sobre la exclusión y el desarrollo social en nuestro país, llevado a cabo por un equipo de 140 investigadores procedentes de 51 universidades, centros de investigación, fundaciones y entidades del Tercer Sector. En este informe donde se ausculta la realidad social de España se llega a la conclusión de que estamos atravesando un proceso inédito de fragmentación social donde muchas familias están siendo desplazadas hacia estratos inferiores con una de las tasas de desigualdad más elevadas de Europa. Han sido casi veinte años de crisis encadenadas, donde la recuperación social y la integración de los más vulnerables no han conseguido cerrar la brecha. En estos momentos hablamos de una severa exclusión que se coloca en un 52% por encima de la cota de aquel año crítico de 2007, señalando nada menos que a 4.3 millones de personas bajo ese umbral de pobreza.
Siempre que celebramos una asamblea diocesana de Cáritascon todos sus voluntarios y los técnicos que trabajan en sus oficinas, se da un doble escenario: el que representa ese encuentro como gesto de comunión entre nosotros trayendo tantas realidades de nuestra geografía cuando hablamos de las parroquias, los arciprestazgos de las ciudades y villas, de las cuencas mineras, de la franja alargada que baña el Cantábrico o los pueblos esparcidos por nuestra montaña. Pero también se hace presente la realidad concreta que a diario contemplan nuestros ojos: me refiero a los destinatarios de la labor de Cáritas. Son los pobres de tantas pobrezas que llaman a la puerta de nuestras parroquias y arciprestazgos. Ahí están sus rostros detrás de la precariedad económica, la falta de trabajo, el miedo ante la incertidumbre, el dolor de las personas más vulnerables cuando sufren la violencia o la exclusión, el no tener un techo o los papeles en regla para poder regularizar su situación. Este es el doble escenario de una Cáritas diocesana: la geografía de nuestras comunidades y la historia de los pobres que llaman a nuestras puertas.
Cáritas no es una ONG como a veces se la confunde por parte de quienes no entienden el significado de la comunidad cristiana y el ser mismo de la Iglesia de Jesús. Porque el amor y la justicia que preside la labor de Cáritas forma parte complementariamente de la liturgia con la que vivimos la oración a Dios y recibimos sus sacramentos, y la catequesis con la que nos formamos continuamente como niños, jóvenes o adultos para saber dar razón de nuestra esperanza. La caridad, la liturgia y la catequesis son los tres pilares sobre los que se asienta toda comunidad cristiana presidida por el Señor, alentada por la intercesión de María y los santos, junto a los hermanos que Dios ha puesto a nuestro lado para con ellos seguir escribiendo la historia en la encrucijada de nuestro tiempo y en los lares de nuestros espacios.
La parábola del buen samaritano es un vademécum en el que se espeja la vocación de quienes trabajamos en Cáritas. La pregunta inicial de aquel maestro de la ley tenía trampa: era para para probar a Jesús: “¿quién es mi prójimo?”. Pero será preciosa y provocativa la respuesta de Jesús contando una historia. Al final será Jesús quien pregunte: “¿cuál de todos ellos ha sido prójimo?, el que practicó la misericordia… Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 25-37). Ahí tenemos una primera semblanza del voluntario de Cáritas. Pero hay otra parábola que completa esta: es la que refiere el evangelista Mateo: Venid vosotros, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, tuve sed, estuve en la cárcel, fui extranjero, estuve enfermo, también desnudo… Y ante la extrañeza de los discípulos que no recordaban al Maestro en ninguna de esas circunstancias, Jesús les dirá: “lo que hicisteis o dejasteis de hacer con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 31-40). El secreto de nuestra entrega cristiana desde Cáritas, es que el Señor está en todos los pobres que llaman a nuestra puerta, los que tienen esas circunstancias de hambre y sed, de cárcel y extranjería, de enfermedad y desnudez. Ellos son también Jesús y por amor a Jesús los acogemos, los escuchamos y, en la medida de nuestras posibilidades, tratamos de resolver con cristiana solidaridad sus penurias. Esto es ser prójimo de aquellos con los que practicar la misericordia, aprendiendo de la entrega que Dios usa con nosotros cada día.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Año nuevo con júbilo verdadero
Desde nuestro brocal: 29 de diciembre de 2024
Termina el año que tantas cosas nos ha traído con su acostumbrada claroscura y agridulce ventura que siempre nos sorprende, nos alegra y nos arruga. Así se escriben los años de nuestros siglos humanos sin solución de continuidad ni amago de control. Y mientras nos disponemos a pasar página en el almanaque de este complicado año 2024, tenemos una cita postrera que se torna en un comienzo de esperanza.
En definitiva, siempre seremos peregrinos de algo hermoso y bondadoso que continuamente está por llegar. Somos peregrinos de la esperanza cierta que jamás nos defrauda. Hacemos en todas las catedrales del mundo el mismo gesto que hizo el papa Francisco hace unos días con motivo de la Navidad: él abrió una puerta en la basílica de san Pedro del Vaticano y otra simbólica en la cárcel de Rebibbia (Roma). Nosotros solamente nos adentramos en la basílica de la iglesia madre de la diócesis, la catedral, para escenificar también que somos peregrinos de la paz y de la gracia que con demasiada frecuencia nos secuestran las muchas intemperies.
Decía con atino el papa la nochebuena pasada en la apertura de la Puerta Santa de este Año Jubilar lo que puede ser el significado de esta experiencia que haremos todos los católicos al llegar el número redondo de los 2025 años del nacimiento de Jesús, celebrando por este motivo un Año Santo: «Viendo cómo a menudo nos acomodamos a este mundo, adaptándonos a su mentalidad, un buen sacerdote escritor, rezaba en la santa Navidad de esta manera: “Señor, te pido algún tormento, alguna inquietud, algún remordimiento. En Navidad quisiera encontrarme insatisfecho. Contento, pero también insatisfecho. Contento por lo que haces Tú, insatisfecho por mi falta de respuestas. Quítanos, por favor, nuestras falsas seguridades, y coloca dentro de nuestro ‘pesebre’, siempre demasiado lleno, un puñado de espinas. Pon en nuestra alma el deseo de algo más” (cf. A. Pronzato, La novena de Navidad). El deseo de algo más. No quedarnos quietos. No olvidemos que el agua estancada es la que primero se corrompe.
La esperanza cristiana es precisamente ese “algo más” que nos impulsa a movernos “rápidamente”. A nosotros, discípulos del Señor, se nos pide, en efecto, que hallemos en Él nuestra mayor esperanza, para luego llevarla sin tardanza, como peregrinos de luz en las tinieblas del mundo. Este es el Jubileo, este es el tiempo de la esperanza. Este nos invita a redescubrir la alegría del encuentro con el Señor, nos llama a la renovación espiritual y nos compromete en la transformación del mundo, para que este llegue a ser realmente un tiempo jubilar... Todos nosotros tenemos el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido; allí donde la vida está herida, en las expectativas traicionadas, en los sueños rotos, en los fracasos que destrozan el corazón; en el cansancio de quien no puede más, en la soledad amarga de quien se siente derrotado, en el sufrimiento que devasta el alma; en los días largos y vacíos de los presos, en las habitaciones estrechas y frías de los pobres, en los lugares profanados por la guerra y la violencia. Llevar esperanza allí, sembrar esperanza allí. El Jubileo se abre para que a todos les sea dada la esperanza, la esperanza del Evangelio, la esperanza del amor, la esperanza del perdón».
Tendremos ocasión de recibir la gracia de este año santo jubilar, peregrinando a nuestra catedral, así como a la basílica de la Virgen de Covadonga, con las indicaciones que ha establecido la Iglesia: revisar nuestra vida cristiana, pedir perdón en el sacramento de la reconciliación, tener un gesto solidario con los pobres a través de nuestros canales de caridad, orar por el Santo Padre, por el obispo, por todos los cristianos cada cual en su vocación, por la paz en el mundo y el cese de todo abuso y violencia. Un año para volver a empezar dando gracias y acogiendo la gracia que nos permite cambiar para bien.
Carta Pastoral
Carlo Acutis. La santidad jovial
Desde nuestro brocal: 8 de diciembre de 2024
A tantos de nosotros nos ha asombrado el relato de su biografía especial que últimamente estamos contando y escuchando por doquier. La puesta en escena son unas cuantas fotografías en las que el chico lleva un chándal y zapatillas deportivas. Es frecuente verlo con sus pelos en rizos al viento, y cargando una mochila como un joven montañero más. Y, sin embargo, en medio de tal atuendo normal y corriente, hay una historia de santidad que se propone ahora a todos como ejemplo de la virtud más eminentemente cristiana que no tiene empacho con una edad tan joven, y con una guisa desenfadada propia de un chaval de nuestros días.
Se trata de Carlo Acutis, un milanés que había nacido en Londres, donde trabajaban sus padres, y que se ha hecho popular también para los jóvenes y adolescentes, por toda una vida asombrosamente de nuestros días. Aficionado al deporte al aire libre, era un estudiante responsable en su aprendizaje bachiller. Sabía programar con la herramienta de la informática algunos subsidios que le ayudaban a tabular y organizar bases de datos para recopilar curiosas estadísticas: santuarios marianos en el mundo y recopilación de las apariciones de la Virgen María, así como lugares en donde se habían dado milagros eucarísticos a través de la historia cristiana. Su corazón grande daba cabida a tantas obras de misericordia para estar cerca de los que sufren.
Puede parecer fácil el trabajo destructor del alma de los jóvenes. Lo hemos visto y comprobado tantas veces cuando a través de la pornografía que te engancha perversamente, las drogas y el alcohol que te anulan y te hacen dependiente, la baja política basada en la revolución que te transforman en agitador del vacío y del nihilismo que destruyen los ideales. Pero frente a estas derivas tan demasiado actuales y tremendamente cotidianas, también emergen otros ejemplos que son justamente lo contrario: mirando algunos rostros, asomándote a determinadas vidas, escuchando palabras verdaderas, te haces más libre, creces en una bondad inusitada, llenas tu corazón de esa belleza que te devuelve la inocencia perdida u olvidada, abres tus brazos para la entrega más sincera con una caridad gratuita y auténticamente solidaria. Y, sobre todo, te reconoces en un camino para el que naciste con la más personal correspondencia entre lo que tu corazón desea y lo que en estos rostros y vidas se te muestra.
Así resulta con Carlo Acutis, cuyas reliquias recibimos en la Catedral la semana pasada. Una leucemia le puso en dirección al cielo con tan sólo quince años. Y con la Eucaristía en su alma, con la devoción tierna y filial hacia la Virgen María en su mirada, nos ha dejado trazado el camino de la revolución más audaz y osada para todos los jóvenes tengan la edad que tengan. La Iglesia nos lo señala como modelo de santidad contemporánea, y será próximamente canonizado tras dos milagros por su medio reconocidos como tales por la Santa Sede en la persona misma del Papa: un niño brasileño aquejado de un páncreas anular que lo estaba destruyendo, y una chica costarricense de 21 años que por un accidente en bicicleta quedó sin esperanza de vida tras la operación intracraneal.
Hay una juventud indómita que no se deja engañar y ama la verdad que nos hace libres, que no renuncia a la belleza y pone freno a cuanto la destruye, que crece en la bondad y no acepta que nadie les malee, que tiene una mirada limpia y un corazón capaz de albergar las preguntas de la vida que sólo en Cristo tienen su respuesta cumplida. Ahí los tenemos en el estudio, en el deporte, en la música y las artes, en la entrega solidaria cuando hay que arremangarse, en la fe vivida con la caridad que nos llena de esperanza. Sí, como Carlo Acutis, la santidad también tiene cauces joviales y tras un chándal y unas zapatillas de deporte, emerge una humanidad sana y creyente que cambiará los imperios del mal que caducan solitariamente.
Jesús Sanz Montes es arzobispo de Oviedo.

