De nuestro Arzobispo
Homilía del Sr. Arzobispo de Oviedo en el funeral por don Salvador Tejedor
Queridos hermanos, el Señor os dé su Paz y llene vuestro corazón con el Bien.
Saludo con afecto a sus familiares de D. Salvador, al Sr. Arcipreste de Oviedo, al Sr.
Párroco y demás los sacerdotes, a los miembros del Opus Dei y a todos los allegados de D. Salvador por amistad y gratitud.
Seguimos el curso del tiempo caminando por la vida mientras damos tantas veces
por descontado las cosas imprevistas. Estamos en el 5º domingo del así llamado “tiempo ordinario”, dejamos ya atrás la navidad pasada y nos adentraremos dentro de unas semanas en una nueva cuaresma. No tiene botón de pausa la vida, y nos empuja adelante mientras vamos escribiendo la historia de nuestra biografía.
El Evangelio de este domingo nos habla de la luz, esa luz para la que nacieron
nuestros ojos y cuya claridad nos permite tener un corazón despierto y agradecido. Es la luz que encendió el Señor Jesús con su vida entre nosotros, con sus signos y milagros, con la sabiduría de sus palabras. No hubo lágrima que él no enjugara, no hubo gozo por el que él no brindara. Hizo de nuestros llantos su pena, y con nuestras alegrías, su fiesta. Así de cercano resulta el abrazo de Dios que en su Hijo Jesús vino a nuestro encuentro.
Esa luz nos la confía a nosotros haciéndonos candeleros de su luminaria.
Pero en este domingo, un buen grupo de quienes estamos celebrando aquí la santa
Misa, venimos para realizar también una despedida a un cura de nuestro presbiterio diocesano que acaba de fallecer a los 88 años y 64 de ministerio sacerdotal. En él brilló esa luz que alumbró de parte de Dios nuestras vidas.
Nació en esa tierra noble y hermosa de Palencia, en donde Santa Teresa encontró a gente de la mejor pasta, indicando su calidad humana y su vivencia cristiana.
Don Salvador Tejedor Melero, llegó a nuestra diócesis en 1986 para trabajar como director espiritual en los Colegios de Fomento Peñaubiña y Los Robles, preciosa labor que tantos recuerdan con gratitud, y que mantuvo hasta 2003. Párroco en algunas de nuestras comunidades cristianas, y capellán en el Hospital Monte Naranco casi hasta el final. Un abanico de encomiendas en las que fue dejando la impronta de su bondad
humana llena de entrega y su testimonio sacerdotal lleno de celo.
El cura bueno que acompaña a los más pequeños en el colegio y el que consuela
a los enfermos en un hospital, se supo también acompañado por los amigos del Opus Dei con quienes trabajó con familias como miembro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Ahora nos queda junto al dolor de la separación, la gratitud por su entrega como sacerdote y la esperanza de ese cielo al que ha sido llamado por el Señor.
Al dar comienzo un nuevo día miramos la agenda de nuestros quehaceres donde
anotamos un sinfín de cosas: encuentros, viajes, reuniones, celebraciones, visitas… tantas cosas de esas que a diario llevamos adelante sin caer jamás en la osadía de anotar: a tal hora morirme por enfermedad o en cualquier otra circunstancia. Esa anotación, sin embargo, está escrita, pero sólo la conoce Dios que es quien lleva nuestra agenda, que nunca nos comunica y que sólo conocemos cuando llega. A veces hemos perdido en la práctica eso que el sentido cristiano ha dejado esculpido cuando nos referimos a lo que haremos esta tarde, o mañana, o dentro de un año: “si Dios quiere”, decimos, sin caer en la cuenta de la verdad que encierra esa expresión tan cristiana. Está indicado que la vida está en manos de Otro, que no la decidimos nosotros, ni nuestros títulos académicos, ni los logros redondos, ni las prisas ansiosas, ni las trampas y pecados. Sólo la decide Dios, con el que no siempre contamos dejándonos llevar por nuestros cálculos y medidas en un trozo de historia, la nuestra, que cabe solamente en lo que rodean nuestros brazos, otea nuestra mirada, recuerda selectivamente el ayer o sueña mirando nuestro incierto mañana.
Ante la palabra de Dios no hay secretos, todo es patente y descubierto ante los
ojos de aquel ante el que deberemos rendir cuentas. Y, sin embargo, esto no nos sume en el temor ante un Dios huraño, fisgón, que como el gran gendarme estuviera esperando nuestro último desliz para reprocharnos y multarnos con la eterna condenación. Más bien nos empuja a una confianza filial que permite reconocer nuestra pequeñez, nuestra humilde condición tan vulnerable y tan fácil presa de nuestros diversos pecados. Pero es esa confianza filial la que nos permite volver a la casa en donde nos espera un Padre que cada día aguarda nuestro regreso para darnos el abrazo de su perdón. Así lo deseamos y pedimos por nuestro querido D. Salvador.
Tantas veces Dios escoge caminos insospechados para venir a nuestro encuentro y para decirnos algo. Acaso, ante nuestras sorderas pertinaces y nuestras distracciones fugitivas, Él no insiste con su Palabra o su Presencia para hacernos ver lo que quiere decirnos, sino que escoge el silencio y la ausencia para venir a nuestro encuentro. Un silencio que nos deja mudos y una ausencia en la que parecemos huérfanos, como ahora nos encontramos nosotros ante un hecho tan incomprensible humanamente hablando.
Pero si tenemos la confianza filial, a pesar de no entender siempre lo que nos implica este adiós de la muerte de un querido hermano y amigo, de nuestro cura y compañero de andanzas ministeriales, entonces nuestro corazón lleno de lágrimas se abre también a la esperanza que no defrauda ni nos miente.
Porque hay una santa rebeldía que nos grita en los adentros, esa que se hizo
también grito y plegaria en el mismo Jesús cuando le llegó su implacable momento con el que abrió para siempre el callejón sin salida con el que nos acorrala la muerte. Una rebeldía que se hace rezo, poniendo así en nuestra mirada el consuelo de saber que por fuerte y duro que sea tener que escuchar esta palabra, ella no es la última que se escuchará sobre nuestra historia personal y comunitaria. Hay una palabra final que será de luz, de reencuentro, sin separarnos jamás de aquellos que en Dios gozaremos para siempre de su amor y su amistad, porque tendrán el sello que Cristo resucitado selló con nuestra
eternidad.
Son consoladoras las palabras de San Josemaría frente a la muerte, a la que llamó también él “hermana” con inequívoco sabor franciscano: «No tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!»
(Camino 744).
Quedan atrás tantos bautizos que este querido sacerdote D. Salvador, realizó para hacer hijos de Dios a tantos niños. Y a tantos que les acercó con sus manos el pan eucarístico o el perdón de las faltas tras la confesión de los pecados. O parejas de hombres y mujeres a los que presidió en sus bodas esponsales. Y tantos enfermos y ancianos a los que acompañó y consoló preparándolos para el encuentro eterno con Dios. Ahora ha sido su turno, y él estaba pronto para la llegada del Buen Pastor.
De las veces que le visitaba en la enfermería de la Casa Sacerdotal, siempre encontraba
su sonrisa agradecida por mi llegada, y la fuerza con la que estrechaba mis manos. Me pedía que le bendijese y luego yo le pedía que hiciera lo mismo él conmigo. Para darle un beso en la frente como quien se despide de un amigo muy querido. Nos quedó pendiente algo de lo que él gozaba cuando me invitaba a comer un cocido madrileño junto a otros curas de la Obra. Ese cocido ahora tendrá que ser en el cielo y hasta allí me lo fío
con el afecto fraterno de un sacerdote verdaderamente hermano.
Descanse en paz este buen hombre, este buen sacerdote, y que Cristo el Buen
Pastor venga a su encuentro, le abrace con misericordia y le adentre en ese cielo eterno con María y todos los santos, con San Josemaría y el Beato Álvaro. Amén.
Fr. Jesús Sanz Montes,
Sencillamente, a mis hermanos
A veces te encuentras con frases incómodas y provocadoras que te dejan pensativo o te llenan de perplejidad, pero nunca quedas indiferente. Así fue la que pronunció Jesús en aquella ocasión: “fui forastero y me hospedasteis” (Mt 25, 34). Supone siempre un examen de conciencia para la comunidad cristiana. Y con ella empezaba mi entrada en mi cuenta “X” en donde con brevedad me posiciono de tanto en tanto algo ante lo que acontece: catástrofes naturales, accidentes desafortunados, añagazas políticas, como también motivos que señalan la esperanza en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia.
Ahí aparece Jesús con su abrazo más divinamente solidario hacia los excluidos: hambrientos y sedientos privados de sus variados sustentos, extranjeros convertidosen nómadas de su tierra y tradiciones, desnudos despojados de su dignidad, malheridos por enfermedades, encarcelados en sus prisiones… ¡Cuántas situaciones humanas miradas por los ojos de Cristo y abrazadas por la misericordia comprometida de nuestro Maestro!
Reitero lo que dije hace unos días: los inmigrantes son acogidos con agradecimiento y son una bendición para nosotros. De hecho, la Iglesia en Asturias los acompaña poniendo en juego cuanto está en nuestra mano. No solamente nos llegan familias, sino también seminaristas y sacerdotes que han llamado a nuestra puerta viniendo de lugares donde no hay libertad, o la dignidad se pisotea y se pinta de negro el horizonte de la esperanza, como sucede ahora en Nicaragua, en la incertidumbre de Venezuela, o en las dictaduras del mismo color ideológico en todo el universo mundo.
Pero un país, una región, un hogar… no son espacios que puedas dilatar infinitamente. Caben cuantos pueden entrar, y el límite es palmario. Siempre es deseable abrir las puertas y acoger a cuantos más mejor, aunque sea a costa de estrecharse. Pero todos no caben en un espacio limitado. Decir lo contrario es irresponsable. Y, luego están los otroslímites que nos protegen cuando tras la aldaba hay gente que llega con una maleta indeseada trayendo en ella delitos de sangre, intenciones terroristas o negocios perversos en torno a la droga o al tráfico de personas. Aunque sean minoría, no deben colarse.
Por eso, a los inmigrantes que vienen desde sus hambrunas varias, sus carencias materiales, sus anhelos de libertad, hemos de abrir generosamente nuestras fronteras, pero no como una medida populista y demagógica que termina siendo dañina, amén de encubrir otros intereses de ganancia política. Nuestra comunidad cristiana no se alineacon esas proclamas que con tono mitinero hemos escuchado en estos días, y tenemos la libertad de señalar al mismo tiempo nuestra disponibilidad acogedora y los manejos torticeros de los maestros de la engañifa. Y a los que llegan, regularizar su estancia para que puedan vivir dignamente con sus derechos y obligaciones, integrándose con nosotros.
Puede que haya algunos que esto no lo acepten, y utilicen sus plumillas mediáticas al dictado y sus disidencias eclesiales conocidas para expresar de modo desproporcionado un ataque despiadado hacia quienes pensamos distinto y lo expresamos con respeto señalando las trampas y las demagogias. Produce perplejidad verte señalado con una crítica por lo que no has dicho cuando sesgadamente se interpretan mal tus palabras, o cuando reescriben tu propia historia indicando pretensiones y metas que jamás tuve, tal vez proyectando en mi persona sus fobias y sus filias, sus estériles fracasos personales y las contradicciones de sus propias vidas. Merecen el respeto que ellos no ofrecen, y la piedad con la que nunca tratan a los que legítimamente pensamos de otra manera y a nuestra manera lo expresamos. No es tristeza ni abatimiento lo que generan sino lástima cristiana y paciencia franciscana.
Por otra parte, se constata con gratitud los miles de expresiones de afecto y comunión que esta polémica de diseño ha suscitado, poniendo al descubierto quién es quién en el escenario público y en el privado. Me emocionó cuando un venezolano me dijo el otro día dándome un abrazo: yo fui forastero y vosotros me hospedasteis. Gracias.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
¿Quién es mi prójimo? Una historia cristiana
Una vez más se ha publicado el informe Foessa que realiza Cáritas española sobre la exclusión y el desarrollo social en nuestro país, llevado a cabo por un equipo de 140 investigadores procedentes de 51 universidades, centros de investigación, fundaciones y entidades del Tercer Sector. En este informe donde se ausculta la realidad social de España se llega a la conclusión de que estamos atravesando un proceso inédito de fragmentación social donde muchas familias están siendo desplazadas hacia estratos inferiores con una de las tasas de desigualdad más elevadas de Europa. Han sido casi veinte años de crisis encadenadas, donde la recuperación social y la integración de los más vulnerables no han conseguido cerrar la brecha. En estos momentos hablamos de una severa exclusión que se coloca en un 52% por encima de la cota de aquel año crítico de 2007, señalando nada menos que a 4.3 millones de personas bajo ese umbral de pobreza.
Siempre que celebramos una asamblea diocesana de Cáritascon todos sus voluntarios y los técnicos que trabajan en sus oficinas, se da un doble escenario: el que representa ese encuentro como gesto de comunión entre nosotros trayendo tantas realidades de nuestra geografía cuando hablamos de las parroquias, los arciprestazgos de las ciudades y villas, de las cuencas mineras, de la franja alargada que baña el Cantábrico o los pueblos esparcidos por nuestra montaña. Pero también se hace presente la realidad concreta que a diario contemplan nuestros ojos: me refiero a los destinatarios de la labor de Cáritas. Son los pobres de tantas pobrezas que llaman a la puerta de nuestras parroquias y arciprestazgos. Ahí están sus rostros detrás de la precariedad económica, la falta de trabajo, el miedo ante la incertidumbre, el dolor de las personas más vulnerables cuando sufren la violencia o la exclusión, el no tener un techo o los papeles en regla para poder regularizar su situación. Este es el doble escenario de una Cáritas diocesana: la geografía de nuestras comunidades y la historia de los pobres que llaman a nuestras puertas.
Cáritas no es una ONG como a veces se la confunde por parte de quienes no entienden el significado de la comunidad cristiana y el ser mismo de la Iglesia de Jesús. Porque el amor y la justicia que preside la labor de Cáritas forma parte complementariamente de la liturgia con la que vivimos la oración a Dios y recibimos sus sacramentos, y la catequesis con la que nos formamos continuamente como niños, jóvenes o adultos para saber dar razón de nuestra esperanza. La caridad, la liturgia y la catequesis son los tres pilares sobre los que se asienta toda comunidad cristiana presidida por el Señor, alentada por la intercesión de María y los santos, junto a los hermanos que Dios ha puesto a nuestro lado para con ellos seguir escribiendo la historia en la encrucijada de nuestro tiempo y en los lares de nuestros espacios.
La parábola del buen samaritano es un vademécum en el que se espeja la vocación de quienes trabajamos en Cáritas. La pregunta inicial de aquel maestro de la ley tenía trampa: era para para probar a Jesús: “¿quién es mi prójimo?”. Pero será preciosa y provocativa la respuesta de Jesús contando una historia. Al final será Jesús quien pregunte: “¿cuál de todos ellos ha sido prójimo?, el que practicó la misericordia… Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 25-37). Ahí tenemos una primera semblanza del voluntario de Cáritas. Pero hay otra parábola que completa esta: es la que refiere el evangelista Mateo: Venid vosotros, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, tuve sed, estuve en la cárcel, fui extranjero, estuve enfermo, también desnudo… Y ante la extrañeza de los discípulos que no recordaban al Maestro en ninguna de esas circunstancias, Jesús les dirá: “lo que hicisteis o dejasteis de hacer con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 31-40). El secreto de nuestra entrega cristiana desde Cáritas, es que el Señor está en todos los pobres que llaman a nuestra puerta, los que tienen esas circunstancias de hambre y sed, de cárcel y extranjería, de enfermedad y desnudez. Ellos son también Jesús y por amor a Jesús los acogemos, los escuchamos y, en la medida de nuestras posibilidades, tratamos de resolver con cristiana solidaridad sus penurias. Esto es ser prójimo de aquellos con los que practicar la misericordia, aprendiendo de la entrega que Dios usa con nosotros cada día.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Año nuevo con júbilo verdadero
Desde nuestro brocal: 29 de diciembre de 2024
Termina el año que tantas cosas nos ha traído con su acostumbrada claroscura y agridulce ventura que siempre nos sorprende, nos alegra y nos arruga. Así se escriben los años de nuestros siglos humanos sin solución de continuidad ni amago de control. Y mientras nos disponemos a pasar página en el almanaque de este complicado año 2024, tenemos una cita postrera que se torna en un comienzo de esperanza.
En definitiva, siempre seremos peregrinos de algo hermoso y bondadoso que continuamente está por llegar. Somos peregrinos de la esperanza cierta que jamás nos defrauda. Hacemos en todas las catedrales del mundo el mismo gesto que hizo el papa Francisco hace unos días con motivo de la Navidad: él abrió una puerta en la basílica de san Pedro del Vaticano y otra simbólica en la cárcel de Rebibbia (Roma). Nosotros solamente nos adentramos en la basílica de la iglesia madre de la diócesis, la catedral, para escenificar también que somos peregrinos de la paz y de la gracia que con demasiada frecuencia nos secuestran las muchas intemperies.
Decía con atino el papa la nochebuena pasada en la apertura de la Puerta Santa de este Año Jubilar lo que puede ser el significado de esta experiencia que haremos todos los católicos al llegar el número redondo de los 2025 años del nacimiento de Jesús, celebrando por este motivo un Año Santo: «Viendo cómo a menudo nos acomodamos a este mundo, adaptándonos a su mentalidad, un buen sacerdote escritor, rezaba en la santa Navidad de esta manera: “Señor, te pido algún tormento, alguna inquietud, algún remordimiento. En Navidad quisiera encontrarme insatisfecho. Contento, pero también insatisfecho. Contento por lo que haces Tú, insatisfecho por mi falta de respuestas. Quítanos, por favor, nuestras falsas seguridades, y coloca dentro de nuestro ‘pesebre’, siempre demasiado lleno, un puñado de espinas. Pon en nuestra alma el deseo de algo más” (cf. A. Pronzato, La novena de Navidad). El deseo de algo más. No quedarnos quietos. No olvidemos que el agua estancada es la que primero se corrompe.
La esperanza cristiana es precisamente ese “algo más” que nos impulsa a movernos “rápidamente”. A nosotros, discípulos del Señor, se nos pide, en efecto, que hallemos en Él nuestra mayor esperanza, para luego llevarla sin tardanza, como peregrinos de luz en las tinieblas del mundo. Este es el Jubileo, este es el tiempo de la esperanza. Este nos invita a redescubrir la alegría del encuentro con el Señor, nos llama a la renovación espiritual y nos compromete en la transformación del mundo, para que este llegue a ser realmente un tiempo jubilar... Todos nosotros tenemos el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido; allí donde la vida está herida, en las expectativas traicionadas, en los sueños rotos, en los fracasos que destrozan el corazón; en el cansancio de quien no puede más, en la soledad amarga de quien se siente derrotado, en el sufrimiento que devasta el alma; en los días largos y vacíos de los presos, en las habitaciones estrechas y frías de los pobres, en los lugares profanados por la guerra y la violencia. Llevar esperanza allí, sembrar esperanza allí. El Jubileo se abre para que a todos les sea dada la esperanza, la esperanza del Evangelio, la esperanza del amor, la esperanza del perdón».
Tendremos ocasión de recibir la gracia de este año santo jubilar, peregrinando a nuestra catedral, así como a la basílica de la Virgen de Covadonga, con las indicaciones que ha establecido la Iglesia: revisar nuestra vida cristiana, pedir perdón en el sacramento de la reconciliación, tener un gesto solidario con los pobres a través de nuestros canales de caridad, orar por el Santo Padre, por el obispo, por todos los cristianos cada cual en su vocación, por la paz en el mundo y el cese de todo abuso y violencia. Un año para volver a empezar dando gracias y acogiendo la gracia que nos permite cambiar para bien.
Carta Pastoral
Carlo Acutis. La santidad jovial
Desde nuestro brocal: 8 de diciembre de 2024
A tantos de nosotros nos ha asombrado el relato de su biografía especial que últimamente estamos contando y escuchando por doquier. La puesta en escena son unas cuantas fotografías en las que el chico lleva un chándal y zapatillas deportivas. Es frecuente verlo con sus pelos en rizos al viento, y cargando una mochila como un joven montañero más. Y, sin embargo, en medio de tal atuendo normal y corriente, hay una historia de santidad que se propone ahora a todos como ejemplo de la virtud más eminentemente cristiana que no tiene empacho con una edad tan joven, y con una guisa desenfadada propia de un chaval de nuestros días.
Se trata de Carlo Acutis, un milanés que había nacido en Londres, donde trabajaban sus padres, y que se ha hecho popular también para los jóvenes y adolescentes, por toda una vida asombrosamente de nuestros días. Aficionado al deporte al aire libre, era un estudiante responsable en su aprendizaje bachiller. Sabía programar con la herramienta de la informática algunos subsidios que le ayudaban a tabular y organizar bases de datos para recopilar curiosas estadísticas: santuarios marianos en el mundo y recopilación de las apariciones de la Virgen María, así como lugares en donde se habían dado milagros eucarísticos a través de la historia cristiana. Su corazón grande daba cabida a tantas obras de misericordia para estar cerca de los que sufren.
Puede parecer fácil el trabajo destructor del alma de los jóvenes. Lo hemos visto y comprobado tantas veces cuando a través de la pornografía que te engancha perversamente, las drogas y el alcohol que te anulan y te hacen dependiente, la baja política basada en la revolución que te transforman en agitador del vacío y del nihilismo que destruyen los ideales. Pero frente a estas derivas tan demasiado actuales y tremendamente cotidianas, también emergen otros ejemplos que son justamente lo contrario: mirando algunos rostros, asomándote a determinadas vidas, escuchando palabras verdaderas, te haces más libre, creces en una bondad inusitada, llenas tu corazón de esa belleza que te devuelve la inocencia perdida u olvidada, abres tus brazos para la entrega más sincera con una caridad gratuita y auténticamente solidaria. Y, sobre todo, te reconoces en un camino para el que naciste con la más personal correspondencia entre lo que tu corazón desea y lo que en estos rostros y vidas se te muestra.
Así resulta con Carlo Acutis, cuyas reliquias recibimos en la Catedral la semana pasada. Una leucemia le puso en dirección al cielo con tan sólo quince años. Y con la Eucaristía en su alma, con la devoción tierna y filial hacia la Virgen María en su mirada, nos ha dejado trazado el camino de la revolución más audaz y osada para todos los jóvenes tengan la edad que tengan. La Iglesia nos lo señala como modelo de santidad contemporánea, y será próximamente canonizado tras dos milagros por su medio reconocidos como tales por la Santa Sede en la persona misma del Papa: un niño brasileño aquejado de un páncreas anular que lo estaba destruyendo, y una chica costarricense de 21 años que por un accidente en bicicleta quedó sin esperanza de vida tras la operación intracraneal.
Hay una juventud indómita que no se deja engañar y ama la verdad que nos hace libres, que no renuncia a la belleza y pone freno a cuanto la destruye, que crece en la bondad y no acepta que nadie les malee, que tiene una mirada limpia y un corazón capaz de albergar las preguntas de la vida que sólo en Cristo tienen su respuesta cumplida. Ahí los tenemos en el estudio, en el deporte, en la música y las artes, en la entrega solidaria cuando hay que arremangarse, en la fe vivida con la caridad que nos llena de esperanza. Sí, como Carlo Acutis, la santidad también tiene cauces joviales y tras un chándal y unas zapatillas de deporte, emerge una humanidad sana y creyente que cambiará los imperios del mal que caducan solitariamente.
Jesús Sanz Montes es arzobispo de Oviedo.

